El monasterio de Leyre pasa por la historia como manantial pionero de cristianismo, prototipo temprano de arte románico, y corazón místico, corte y panteón del Reino de Navarra. Hoy sigue siendo una presencia espiritual y cultural de primer orden.
Esta GUÍA ESENCIAL propone un eficiente acercamiento a todo ello.

José Luis Hernando Garrido y Joaquín Alegre Alonso.

120 X 170 mm | 64 páginas | rústica cosida

ISBN: 978-84-943305-6-8

PVP: 5,00 €

 

 

 

En pocos lugares como en Leyre se han anudado con tanta fuerza arte, historia y tradición. Si es el más distinguido panteón de los monarcas de Navarra –reino cardinal en la Edad Media ibérica–, antes fue asiento del cristianismo en el Pirineo y baluarte, luego, ante las aceifas agarenas. El consejo de sus abades tuvo tanto reconocimiento que, durante siglos, se buscó su sabiduría y prudencia para la diócesis pamplonica. La iglesia del monasterio es muestra fundamental del Románico temprano y su cripta, uno de los espacios más singulares del arte español. Este cenobio está también unido a la leyenda del abad Virila, que en realidad es una versión popular de la hermenéutica sobre la eternidad. La frondosidad de su entorno conviene a la imagen del sereno retiro monacal y el aislamiento erudito de sus monjes.

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Situación, Orígenes, Manantial espiritual, Románico pionero, Románico pleno, Ampliación tardogótica, Mobiliario y panteón real, Las empresas monacales, La oscuridad que anuncia al día.

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Otra solemne consagración se produce el 24 de octubre de 1098. Los documentos diplomáticos dan cuenta de los asistentes: los obispos de Pamplona, Huesca y Roda de Isábena, los abades de San Victorián, San Pedro de Roda, Santa María de Amer, Montearagón y Monzón, más los correspondientes nobles y oficiales palatinos. Sorprenden dos nombres singulares: Diego Peláez, pontífice de Compostela desterrado por Alfonso VI de León, y el abad Frotardo, legado papal encargado de promover la reforma gregoriana. Bajo la autoridad de este último personaje, vuelven a independizarse las dignidades en el obispo Pedro [1083-1115] y el abad Raimundo [1083-1121], anfitrión del acto. Preside Pedro I [1094-1104], rey de Pamplona y Aragón. Les cuesta a los eruditos precisar qué obras santificó esta ceremonia; pero implicaban a unos monarcas –Sancho Ramírez y su hijo Pedro– que habían ayuntado los tronos de Pamplona y Aragón y que llegarían a Leyre esperando recibir la legitimación moral que, al menos en lo navarro, este cenobio administraba. Luego el asunto revestiría su transcendencia.

{tab Reseñas}

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